Translate

jueves, 24 de septiembre de 2015

52. La importancia de la estirpe

La educación de tipo militar que hemos visto en Esparta, aunque con unas características menos severas, es común a todas las regiones griegas de la época. La ley de la fuerza era la que imperaba y, en este ambiente, la capacitación para la lucha era
fundamental. Es Atenas, en el siglo VI, la que da el paso que lleva de una cultura de guerreros a otra de escribas. Según Tucídides[1], los atenienses fueron los primeros en abandonar la costumbre de andar armados y adoptar un modo de vida menos rudo[2]. La preparación del joven como futuro combatiente deja de ser el objetivo fundamental en la educación ateniense. Se mantiene, sin embargo, una importante dedicación a la práctica del atletismo y la gimnasia, que permiten estar en una buena forma física para la guerra. Podemos decir con LARROYO que “en Esparta se puso el acento de la educación, en consonancia con los fines del Estado, en la gimnasia al servicio de la guerra, mientras en Atenas surgió muy pronto el ideal de la formación completa del hombre: se colocaron al mismo nivel la educación física y la educación intelectual”[3].
En un principio, esta educación más cultural fue patrimonio de los nobles y ricos terratenientes, de las clases dirigentes. La enseñanza, que era impartida personalmente por un ayo, no estaba al alcance de cualquiera. Incluso, en una sociedad tan dada a las actividades físicas, la mayoría de los deportes eran aristocráticos. El ateniense medio estaba en otras preocupaciones como trabajar para obtener su sustento.
Pero no se trataba solamente de una cuestión de poder económico sino que sigue habiendo una visión clasista sobre el acceso a la “areté”. La educación estaba destinada a alcanzar la “areté” y esta, a pesar de lo que había defendido Hesíodo hacía 200 años, seguía considerándose como algo exclusivo de la aristocracia. La educación solo tiene sentido cuando se poseen unas cualidades innatas que se adquieren por la estirpe. La larga sombra de Homero, a quien muchos consideraron el “educador de Grecia”, oscurecía a gran parte de la sociedad. El gran poeta Píndaro, por ejemplo, trata esta cuestión en algunas de sus obras. En su oda Nemea III, nos habla de la importancia de la disposición natural, solamente propia de los nobles, a la vez que reconoce también el valor de la educación, al referirse a la labor llevada a cabo por Quirón –“el Centauro instructor”- de quien recibieron lecciones Aquiles, Jasón y Asclepio. En su oda Olimpiaca III, relaciona la sabiduría con el talento natural; los que solo saben porque han estudiado, son tratados con cierto desdén.
Mil dardos voladores
En el carcaj reservo
Pendiente de mis hombros,
Que disparar deseo;
Pero tan sólo el sabio
Puede entender mis versos,
E intérpretes sufridos
Requiere el vulgo necio.
Al cielo eleva al vate
Su natural talento;
Pero aquel á quien forma
Estudio sin ingenio,
Insoportable grazna
Como estúpido cuervo
Que el águila de Jove
Quiere seguir rastrero.[4]

ÁNGEL I. JIMÉNEZ DE LA CRUZ



[1] Algunos le consideran el primer historiador, pues no recurre a lo divino para la explicación de las cosas sino que lo hace teniendo en cuenta la propia observación y los testimonios, y con objetividad.
[2] TUCIDIDES: Guerra del Peloponeso, Libro I, I.
[3] LARROYO, Historia General de la Pedagogía, Ed. Porrua, 19ª edición, México D. F., 1982, p. 142.
[4] PINDARO: Odas, Odas Olímpicas Tercera oda. Trad. De Ignacio Montes de Oca, Madrid, L. Navarro, 1883, pp. 17-18.

No hay comentarios:

Publicar un comentario