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domingo, 4 de octubre de 2015

53. Solón inicia el cambio

Se atribuye a Solón (640-558) –uno de los conocidos como siete sabios de Grecia- la primera ley que imponía la educación de los niños. Hemos de aclarar, sin embargo, que no existe ningún documento que recoja esta norma, sino que su conocimiento ha
llegado hasta nosotros a través de referencias de otros autores como Heródoto, Aristóteles y Plutarco, que nos cuentan que Solón fue el organizador de la sociedad ateniense, dividiendo a sus ciudadanos en clases, según su fortuna, y que reguló su funcionamiento mediante un código de leyes. Nos hablan del contenido de algunas, pero no  conocemos realmente su texto ni existen, en realidad, referencias expresas a la creación de escuelas para niños.[1] 
          Plutarco nos cuenta que, puesto que el terreno que ocupaban los atenienses era de mala calidad y las labores del campo no daban ocupación para todos, Solón defendió que no podía haber gente ociosa y desocupada, por lo que estableció que todos aprendieran un oficio y que los holgazanes fueran sancionados por el Consejo del Areópago[2]. No fue, pues, una motivación puramente cultural lo que le llevó a establecer esta norma sino más bien una cuestión de orden económico y social. La formación de los jóvenes era importante de cara a que estos pudieran conseguir un trabajo del que vivir dignamente, a la vez que sacaba de las calles a ociosos que pudieran buscar su modus vivendi por otros medios. Esto no es Esparta. Aquí los padres deben asumir la educación de los hijos, y la responsabilidad de estos queda claramente establecida al legislar que el hijo al que no se hubiese enseñado un oficio no tendría obligación de alimentar a su padre anciano. Es el padre el sancionado, pues a este le competía tal responsabilidad, ya que era considerado el único engendrador: el hijo era, desde el punto de vista biológico, exclusivamente del padre, pues las mujeres eran consideradas como meras depositarias de una semilla del varón, a la que ayudaban a germinar a modo de nodrizas.
          También propuso que en vez de tantos honores a los atletas – que por entonces gozaban de una altísima consideración-, se honrara a los que morían en la guerra “criando e instruyendo a sus hijos a expensas del público, pues con este estímulo se portan fuertes y valerosos en los combates…”[3]. Está implícita en esta idea el valor que los padres daban a la educación de sus hijos, al temer menos por perder la vida si la instrucción de aquellos quedaba asegurada tras su muerte.
          A Solón se nos muestra como un gran amante de la cultura, de la sabiduría; conocedor del valor que tiene la educación, tanto para el individuo como para la sociedad a la que pertenece, y de la importancia de mantenerse abierto al aprendizaje y al desarrollo personal a lo largo de toda la vida. Y parece ser que predicaba con el ejemplo, pues decía que envejecía aprendiendo cada día muchas cosas.

ÁNGEL I. JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] HERÓDOTO en Historia, Libro I, XXIX; PLUTARCO, en Vidas paralelas; ARISTÓTELES en Constitución de los atenienses.
[2] Tribunal que controlaba a los magistrados, interpretaba las leyes y juzgaba a los homicidas.
[3] DIÓGENES LAERCIO: Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, traducidas directamente del griego por D. José Ortiz y Sanz, Tomo I, Luis Navarro, Editor, Madrid, 1887, p. 48.

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