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lunes, 26 de octubre de 2015

56. Una escuela más académica, para todos

La escuela se impone poco a poco y, junto a la enseñanza de la música, la gimnasia y los deportes, se aprende a leer, escribir y contar. No conocemos el momento de la incorporación de estas enseñanzas, pero se estima que a mediados del siglo V muchas
escuelas las incluían, aunque hemos de decir que, durante mucho tiempo, estas nuevas materias fueron las menos importantes. Educación física y música seguían siendo las reinas. La importancia de la primera es sobradamente conocida; sobre la segunda, Platón llegó a decir: “La buena educación consiste en saber cantar bien y danzar bien”[1]. Con la introducción de la lectura y la escritura, el aprendizaje de poesías pasó a formar parte de las enseñanzas, destacando entre ellas los poemas homéricos.
Los alumnos recibían enseñanzas de tres maestros: el paidotriba, que era el entrenador físico, con el que trabajaban las técnicas para los diferentes ejercicios físicos y deportivos que realizaban, así como aspectos de higiene, y que llevaba a cabo su labor en un espacio conocido como palestra; el citarista, que era el maestro de música; y el grammatistés, el que enseñaba las letras.
Una muestra gráfica de las actividades escolares la encontramos en la famosa Copa de Douris[2], una bella representación en la que se nos muestran imágenes de los bancos y utensilios para el aprendizaje de la escritura (tablillas, punzones, etc.), así como instrumentos musicales.
Como suele suceder en todas la épocas, no todos los alumnos mostraban el mismo interés ante las actividades escolares y sus logros eran diferentes. Temístocles, por ejemplo, que fue uno de los grandes políticos y generales atenienses, parece ser que aprovechaba poco en la escuela, al menos en música, porque sus intereses estaban en otras cuestiones. En cierta ocasión en la que le pareció que se le criticaba porque su educación no había sido la adecuada, respondió con enfado: “Yo no sabré templar una lira o tañer un salterio; pero sí, tomando por mi cuenta una ciudad pequeña y oscura, hacerla ilustre y grande.”[3] 
Por otra parte, hemos de recordar aquí que antes de la existencia de escuelas propiamente dichas lo que se daba era la relación entre un maestro y un discípulo. Esta relación era de prestigio si el maestro era el que escogía a quien consideraba digno de sus enseñanzas. Los afortunados discípulos solo provenían de la élite social. La expansión escolar fue mal vista por los que hasta entonces habían tenido ese privilegio: la “arete” no podía estar al alcance de cualquier advenedizo que recibiera instrucción. Por eso, quien abría una escuela para que asistiera quien quisiera, era considerado con menosprecio.


ÁNGEL I. JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] PLATON: Las Leyes, Libro II.
[2] Pintor de cerámica griega perteneciente al siglo Va. C. La copa se encuentra en el Staatliche Museen de Berlín.
[3] PLUTARCO: Vidas paralelas. Libro I, Temístocles, II.

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