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jueves, 12 de noviembre de 2015

58. Los alumnos de Pitágoras

Tras su estancia en Egipto y Mesopotamia, Pitágoras se trasladó a su ciudad natal, Samos. Su deseo de enseñar lo que había aprendido no se vio correspondido por las ganas de aprender de sus paisanos y, ante la falta de discípulos, se dirigió a un joven
pobre y menesteroso que se ejercitaba en el gimnasio y le propuso abastecerle de todo lo necesario para sus ejercicios y para su cuidado, si aceptaba recibir enseñanzas de él. El  joven aceptó y Pitágoras le fue introduciendo poco a poco en la aritmética y la geometría, pagándole tres óbolos por cada figura geométrica que aprendiera. El joven comenzó a disfrutar con el aprendizaje y Pitágoras vio que nunca se lo quitaría de encima, por lo que le dijo que ya no tenía recursos para seguir pagándole. Pero el alumno, sinceramente interesado en aprender, le dijo que aceptaba sus clases aunque no le pagara. Pitágoras, nuevamente comprometido, le contestó que debía dedicar su tiempo para procurar su sustento y no podía utilizarlo en darle las clases. Entonces el joven le respondió “Pues en lo sucesivo estas cosas te las proporcionaré yo a ti y te corresponderé de cierta manera como hacen las cigüeñas. Te entregaré tres óbolos por cada figura”[1]. Y el joven, convertido en su primer discípulo, le siguió allá donde fue. ¿Le aceptaría el pago al alumno? Tal vez sí, aunque los pitagóricos amonestaban a los que mercadeaban con las enseñanzas, ofreciéndose a enseñar a todo el que encontraban a cambio de un salario, buscando alumnos en los gimnasios de las ciudades. Al fin y al cabo al alumno lo había escogido el.

Poco a poco su fama se fue extendiendo y los discípulos empezaron a aumentar. Pitágoras se trasladó de Samos a Crotona, una ciudad culturalmente en auge, en la Magna Grecia, territorio situado en el sur de lo que hoy es Italia. No olvidemos la fama, sobre todo, de sus médicos. Fue recibido como un dios y todas las familias poderosas deseaban que instruyera a sus hijos. Animaba a los jóvenes en el gimnasio a que dedicaran tiempo y esfuerzo a ejercitar la inteligencia, de la misma manera que hacían con el cuerpo, con la ventaja de que mientras el cuerpo iría perdiendo su esplendor con el paso del tiempo, esta les duraría toda la vida. Pitágoras animaba con el argumento de que con el aprendizaje se podían transmitir las cosas de unas generaciones a otras. Además, quien educaba no perdía nada pues la educación se puede transmitir en beneficio de unos, sin detrimento de quién la da. Mientras hay cosas, como la fuerza, la belleza o la salud, que no pueden transmitirse, y otras que si se transmiten, como la riqueza, queda menos para quien las da.

Pitágoras, al seleccionar a sus discípulos, primero observaba si eran capaces de “retener la lengua”, es decir, guardar silencio y secreto sobre lo que con él estudiaban. Después sus cualidades humanas, si eran iracundos, pendencieros, etc., o más bien estaban dotados de buen carácter. En tercer lugar sus cualidades para el aprendizaje y la memorización. Seguidamente si eran disciplinados y amables. Incluso algún biógrafo deja entrever que los seleccionaba en base a la fisiognomía (estudio de la forma y rasgos de la cara). Si una vez admitidos no respondían a las expectativas, eran expulsados. 

Las mujeres eran admitidas como miembros en igualdad de derechos que los hombres, aunque dado el estatus de la mujer en aquella época, pertenecían a familias aristocráticas y próximas al círculo de Pitágoras. Sabemos de 19 mujeres que pertenecieron a la Escuela. Una de ellas fue Teano de Crotona, posiblemente la primera mujer matemática de la Historia, y de la que algunos creen que llegó a ser esposa de Pitágoras. Otras cuatro son consideradas hijas suyas. Se cuenta que un discípulo de la Escuela se prendó de Teano en cuanto la vio y preguntó su edad a Pitágoras, quien le respondió: "Teano es perfecta y su edad es un número perfecto". "Maestro, ¿no podría darme más información?", insistió el enamorado, a lo que este le contesto: "La edad de Teano, además de ser un número perfecto, es el número de sus extremidades multiplicado por el número de sus admiradores, que es un número primo." ¿Qué edad tenía? 

Parece que fueron unos 300 los alumnos de Pitágoras –aunque la Suda[2] duplica el número- y formaban un grupo de prestigio, siendo considerados como consejeros en los asuntos públicos. Se conocen los nombres de 218 alumnos, naturales de 29 lugares diferentes, de los cuáles 17 fueron mujeres. 
 ÁNGEL JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] JÁMBLICO DE CALCIS: Sobre la vida pitagórica, V, 24. Tres óbolos era medio dracma. El sueldo de un obrero especializado era una dracma al día.
[2] Enciclopedia bizantina del siglo X.

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